Durante una caminata por un barrio clásico de la ciudad buscando material para mi próximo cuaderno de notas, disidí entrar a un antiguo café de esquina que conservaba sus mesas de madera y mozos de oficio. Alejado por un momento de los filtros de papel y las balanzas de precisión, pedí un café de filtro tradicional en taza loza gruesa. Mientras observaba el movimiento del lugar, se acercó el encargado del mostrador para explicarle que usaban la misma mezcla de granos desde hacía más de cuarenta años. probé la bebida y, aunque la tostación era más oscura de lo que suelo analizar en el café de especialidad, encontró en ese sorbo una historia viva sobre la memoria urbana y el ritual social de la pausa. Esa misma tarde, escribí en mis redes: "A veces, el mejor café no es el que tiene el puntaje de cata más alto, sino el que te cuenta la historia del lugar donde lo estás tomando".